martes, 1 de noviembre de 2011

Inaugurando Noviembre

Una mañana te levantas con una extraña felicidad. No hay motivo para ella. Te parece que el aire está caliente aunque caiga hielo del cielo. Cierras los ojos al salir a la calle por un sol que no existe. Sonríes ante ese niño que pega la cara al cristal del escaparate. No puedes evitar emocionarte cuando ves a una pareja de ancianos pasear cogidos de la mano. Te lagrimean los ojos por el frío, pero, ¿qué importa? 
Estás sonriendo sin razón. 
¡Llueve! Todos corren menos tú. Te hace gracia porque se van a mojar igual. Los zapatos te pesan, la ropa te cuelga del cuerpo. Pero sigues sonriendo.
Dejas que se te empape la cara, en plena locura dejas de caminar. Un par de miradas de extrañeza, pero siguen corriendo y corriendo porque tienen prisa por no mojarse, por no vivir. Corren porque tienen miedo, porque llegan tarde, porque son padres, madres, trabajadores, impuntuales, traviesos, deportistas, libres. 
Corren porque tienen que hacerlo,  menos tú. Tú no sientes que debas correr. 
Corren porque huyen de si mismos, menos tú. Tú sólo huyes de las pesadillas por las noches, de la última onza de chocolate, del final de un libro. Huyes de las lágrimas, pero no de la lluvia. ¿Por qué huir de la lluvia, digo yo? Es noviembre, es lluvia, ¿quién puede huir del tiempo? Nadie que yo sepa.

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